Opinión: Acerca del negacionismo, por Gregorio Moreno


2022-12-01
Columna de Opinión 
Gregorio R. Moreno Flores
Matemático, académico UC, Doctor en Matemáticas Aplicadas, Universidad Paris VII, Francia. 
Tras el rechazo del presupuesto del Museo de la Memoria, quiero compartir una reflexión personal, desde mi perspectiva de obrero de la ciencia, acerca de un creciente negacionismo, avasallador y multifacético, que ha permeado el discurso público de forma dramática.

Pero, primero, ¡hablemos de ciencia! Gran parte del éxito de nuestra sociedad se ha basado en nuestra decisión colectiva de desterrar ciertos aspectos del ámbito de la opinión personal, a favor de una mirada fundamentada en hechos, respaldada por métodos de análisis rigurosos y validada por la experiencia. Esto se conoce como ciencia: un constructo colectivo, consensuado por siglos, que nos ha traído prosperidad y conocimiento. Las teorías científicas son relatos acabados y verificados empíricamente, tanto así que les hemos concedido colectivamente el estatus de verdades. Verdades que solo pueden ser revisadas o rebatidas mediante métodos al menos igual de rigurosos que los que las han establecido. La geometría de la órbita terrestre no es un asunto de opinión: es un hecho verificado y verificable. Además, sabemos que la negación o mera relativización del conocimiento científico puede producir calamidades –como brotes de poliomielitis en pleno siglo XXI, por dar solo un ejemplo– y se paga con vidas humanas.

Este estándar de creación de conocimiento no se limita a lo tangible sino que también se aplica al estudio de ese periodo del tiempo, gigantesco y etéreo, que conocemos como el pasado. La historia como la entendemos hoy en día es una disciplina científica, basada en la evidencia, con métodos, si bien distintos a los de las ciencias naturales, no menos dotados de un rigor irreprochable. Tal vez podamos discrepar acerca de los motivos detrás de ciertos eventos históricos, pero la veracidad de los eventos mismos, consignados por la pluma erudita de los historiadores, no es un asunto de opinión y menos de color político: también tiene estatus de verdad científica. En el plano intelectual, negar los hechos históricos es igual de absurdo que negar las teorías de Einstein. Relativizar los episodios más dolorosos –una forma atenuada de negacionismo– no es más que el capricho infantil de quien pretende suavizar la verdad a golpes de retórica. Es un procedimiento intelectualmente débil, por decir lo menos.

El conocimiento científico, en su inmensa variedad de métodos y disciplinas, es un patrimonio esencial de la humanidad y el consenso colectivo más amplio y exitoso que hemos construido. El negacionismo es, por ende, una conducta profundamente antisocial además de peligrosa, incluso en sus formas atenuadas. En este caso particular, en un país como el nuestro, con un pasado herido y un presente fraccionado por sus interpretaciones contradictorias, pretender esconder la memoria es un acto sumamente irresponsable. La historia no va a desaparecer, sino que, al dificultar el acceso a sus registros rigurosos, se verá sometida a millones de opiniones particulares que irán construyendo un igual número de versiones divergentes, al punto de que, pronto, será imposible volver a encontrarnos en un relato común. Camuflar los episodios dolorosos de nuestro pasado es una maniobra de evasión que solo puede acrecentar nuestras divisiones. El negacionismo, en todas sus formas, es dañino y no tiene cabida en el discurso público de una sociedad democrática.